Ignacio Tovar
Texto · 2018

Invierno en Navil

Crónica de la inmersión tseltal de diciembre 2018 en Navil, Chiapas — tejido, circuitos y una antropología activa junto a Amor Muñoz y la familia Hernández.

← desciende de la señal Artesanía Tecnológica · Navil · 2018

Familia, estudiantes y docentes reunidos alrededor del fogón en la Casa de la Partera
Convivencia alrededor del fogón · Navil, Tenejapa · 2018
Grupo caminando de noche mientras ilumina el sendero con bandas de luz tejidas
Primera caminata nocturna con las bandas de luz · Navil · 2018
Prototipo textil con panel solar, batería, cables e iluminación LED
Prototipo de artesanía tecnológica: tejido, energía solar y luz · 2018

Recuperado del archivo del Centro de Futuros (2018); texto coral editado en 2026.

Del 10 al 19 de diciembre de 2018 viví con un grupo pequeño —el profesor Agustín López Girón, cuatro alumnos, la artista Amor Muñoz y yo como coordinador— en Navil, una comunidad tseltal del municipio de Tenejapa, en los Altos de Chiapas. Llegar era ya parte del proyecto: treinta minutos de carretera desde la cabecera municipal, ochenta de terracería y quince finales por un sendero a pie, entre bosques de pino y encino, a unos 2,500 metros de altura. Cargábamos despensa y maletas montaña arriba, y la familia que nos esperaba bajó a ayudarnos.

"Fue algo duro el camino puesto que cruzar a través de la montaña cargados de despensa y maletas no era cosa sencilla, afortunadamente la familia nos brindó apoyo", escribió Fernando, uno de los estudiantes.

Navil tiene unos quinientos habitantes. Unos cuarenta —desde infantes hasta adultos mayores— pertenecen a la familia Hernández, que nos recibió en la Casa de la Partera, un espacio construido años antes con apoyo del propio Tec para las labores de María, la partera de la comunidad y cabeza de la familia.

El viaje tenía tres propósitos paralelos. Generar la primera materia de invierno del sistema del Tec de Monterrey bajo el modelo Tec21, con un reto central del que se desprendían diseño centrado en el usuario, teoría de red-actor, circuitos electrónicos y fabricación textil. Conducir una investigación de diseño etnográfico que mapeara las necesidades de la comunidad. Y replicar, a pequeña escala, los laboratorios de tecnologías comunitarias de Amor Muñoz —la línea de Yuca-tech—, incorporando electrónica a la artesanía textil de la familia sin desplazar su contexto físico, histórico y cultural.

Pero el corazón del proyecto no era el prototipo. Era el método.

El fogón de María

Para entender la casa de la familia Hernández hay que empezar por la cocina, y para entender la cocina hay que empezar por el fogón. La cocina es el salón central de la propiedad: el espacio donde convergen todos los miembros de la familia, íntimo, que deja al descubierto el papel que cada quien desempeña. En el centro, la estufa de leña distribuye el calor y marca el diseño de todo lo demás: la altura de las sillas alrededor, las paredes de tablas con separaciones para dejar escapar el humo, y ese color negro que las tablas van tomando poco a poco —un tratamiento casi accidental de la madera, obra del humo de años.

Hay un lugar frente a la entrada de la leña que casi siempre está ocupado por la misma persona. María, de 56 años, ya no carga leña, pero es ella quien alimenta el fuego con la que otros recolectaron. En ocasiones alguien más lo avivaba de forma auxiliar, pero nunca tomaba el rol central: ese papel, por respeto, es de María. Desde ahí discute con sus hijas y nueras las decisiones de la familia, atiende a los más jóvenes —un solo llamado suyo basta para que los niños reajusten su conducta— y desde ahí también ejerce, gratuitamente, su labor de partera para toda la comunidad. Su hija menor, Ananía, de 26 años, es su aprendiz y la auxilia en los partos.

Los roles están marcados y a la vez son porosos: no era raro ver a un hombre tejiendo, a una mujer recogiendo leña o a un niño a cargo de un bebé. Un intercambio casi natural que genera un balance casi perfecto.

Antropología activa

En vez de conducir una investigación de diseño o antropológica "tradicional", propusimos una aproximación activa: una antropología donde el rapport se construye a partir de la interacción manual. Para el investigador de campo es fundamental mitigar la jerarquía natural entre observador y observado, entrevistador y entrevistado. Nuestra hipótesis era que una actividad compartida capaz de inducir un estado de flow —ese estado que Csíkszentmihályi describe como la absorción total en una tarea realista y alcanzable— podía romper, aunque quizás no del todo, esa barrera binaria y jerarquizadora.

"Partiendo de un fenómeno social como lo es la convivencia, se puede llegar a un intercambio de conocimientos y diseño en conjunto, de soluciones", escribió Mónica, otra de las estudiantes.

La actividad eje fue el tejido con gancho. Y aquí ocurrió la inversión decisiva: fuimos nosotros, alumnos y profesores, quienes aprendimos a tejer de las mujeres de Navil. Ese conocimiento reciprocado —ellas enseñaban gancho, nosotros circuitos— generó un espacio horizontal de aprendizaje mutuo que permitió evitar el sesgo colonizador de ambos lados de la ecuación. A diferencia del camuflaje del antropólogo clásico, buscamos cohabitar: vivir según las actividades, modos y costumbres de los habitantes de Navil.

Podían transcurrir horas en el proceso. En esa absorción compartida se forjó un lazo íntimo, marcado por la desinhibición: bromas, referencias locales, cultura popular. El alumno-diseñador relajaba su postura literal y emocional, y los miembros de la familia Hernández también. Las entrevistas informales que siguieron no encontraron resistencia alguna; ellos, a su vez, se sintieron con libertad de hacernos preguntas personales. El flow colocaba a todos los participantes en orden de paridad.

(Una sección del documento original lleva un título que el archivo conserva sin explicar: "La cinta roja de Van Damme". Prefiero dejarlo así, como quedó: una broma interna de esos días de tejido, ya intraducible, prueba en sí misma de que el método funcionó.)

La caminata nocturna

De la convivencia salió la necesidad; de la necesidad, el objeto. En Navil, a pesar de la instalación eléctrica, no hay alumbrado en los caminos: a partir de las seis de la tarde, toda persona debe estar bajo techo si quiere evitar andar en la oscuridad. Los senderos son resbalosos, con piedras, lodo, raíces prominentes — prueba de ello son las cicatrices en la frente y las cejas de la mayoría de los niños de la comunidad.

El prototipo que diseñamos juntos fue una banda tejida a gancho con una docena de LEDs cosidos con hilo conductivo —hilo impregnado de plata— hacia una batería recargable, más una manta de celdas solares para recargar los dispositivos con el sol. Hubo quien prefirió hacer bufanda o gorro. Los encargados de cada materia enseñaron a todos: a nosotros como alumnos y a las y los tseltales, cada quien armando su propio prototipo funcional.

La noche que terminamos, nadie quiso esperar. Estrenamos las bandas con un recorrido nocturno hasta la tienda de suministro más cercana — una travesía impensable a esas horas por la oscuridad del sendero. Caminamos alumbrándonos con lo que habíamos tejido.

Lo que el tiempo no toca

La investigación dejó también un mapeo de necesidades reales: senderos más seguros, sistemas de comunicación —María no puede ser avisada de un parto más que de boca en boca, porque en Navil no hay señal telefónica—, captación de agua pluvial mejor diseñada, calefacción pasiva para techos de lámina y pisos de piedra fríos, salud bucal (los niños beben café en lugar de agua los días fríos), reforestación. Propuestas pensadas para aportar valor sin sacrificar el estilo de vida, sin ser invasivas.

Pero la lección más honda fue otra. Fuimos a brindar un apoyo y encontramos que la comunidad no padece ninguna situación de pobreza: lo que hay son, simplemente, distintas formas de vivir. La familia cuenta con luz, agua, techo y comida. Pareciera que el tiempo no pasa por ahí — si es martes o sábado, si es día de la bandera o de San Valentín, no importa; en ningún momento vimos un reloj o un calendario, y aun así la familia estaba siempre consciente del tiempo en que vivía.

En las noches, terminadas las tareas del hogar y el avance del proyecto, colgábamos una manta, conectábamos un proyector y hacíamos noches de cine en la cocina, como agradecimiento. Todos quedábamos encantados — ellos y nosotros, que para entonces ya costaba distinguir.

La despedida fue nostálgica, con un par de lágrimas de agradecimiento de los dos grupos. Quedó un método que quisimos seguir probando: que al tejer juntos —literalmente— el investigador y el investigado dejan de ser dos, y la información deja de extraerse para empezar a compartirse. Quedaron también las bandas de luz, alumbrando senderos que antes se cerraban con el sol.